jueves, 8 de diciembre de 2011

El otro y el “yo”.


Hasta ahora no había hablado del otro, quizás sea porque me resulta un tema muy difícil. Viendo siempre hacia el pasado me encuentro con que soy un solitario al que no le gusta ser interrumpido en su soledad, pero que aun así, necesita de esa interrupción para poder vivir o más bien, seguir viviendo dentro de los parámetros establecidos. Una reflexión más profunda me hizo darme cuenta de que los humanos son seres solitarios, pero que, determinados por la cultura, que al final viene a ser la unión misma con el otro, somos educados para estar juntos.

Esto es algo singular pues estoy seguro de que la irrupción de alguien más en lo que es el “yo” personal  es algo que irrita a todo el mundo, y esto se debe principalmente porque en todo momento, por el mismo hecho de existir, el otro siempre invade mi yo. Esta invasión es tolerable solamente porque muchos necesitan de esta invasión para llenar el vacío que la sociedad nos ha inculcado a sentir cuando estamos solos. Lo cierto es que nadie se libera de estar en contacto con el otro, en ningún momento, de ninguna forma. La molestia principal llega cuando el otro no busca lo que mi “yo” busca, es decir, sus intereses, su “yo”, se interpone entre mi “yo” y lo que busco volviendo una lucha aquello que es solo infinidad. Esta misma lucha se extiende a todos los ámbitos de la vida y al final el aforismo “conócete a ti mismo” solo es aplicable cuando no hay nadie más cerca, de que nos sirve conocernos nosotros mismo si, al final, siempre existirá la otredad que nos interrumpa.

No hablo de juicios, no intentaría meterme con algo tan complicado como eso, simplemente medito si es posible que, aquel que no soy yo, pueda realmente ayudarme, es decir, sea un intruso beneficioso, pues al final de todo aquel que no soy yo no tiene obligación alguna para con mi “yo”. Y esto es lo que más me ha inquietado, aquel que no soy yo no tiene ninguna obligación y es la misma sociedad que nos une la que propicia este error, cuando el ideal sería lo contrario. Para Lévinas la alteridad nos llama a responderle, pero como responder a una alteridad voraz que solo ve por sus propios beneficios. La ética debería ser justicia pura para todos, una ética en la que solo se dé sin recibir es una ética de la no supervivencia. Para mí, la alteridad nos llama, pues hay en ella lo que nosotros queremos ver e intentamos salvarla, es decir, salvar al otro para de esa manera salvarnos nosotros mismo, nuestro propio “yo”.

Pero ninguna ética aplica de manera perfecta, pues el otro siempre se escapa de su propia miseria al aceptar la de los demás. Para mí, en todo caso, en toda vez y en todo momento los problemas del humano nacen cuando otro humano existe. Por el otro hemos aprendido a callar, a juzgar y a ser cautelosos. Esto hace que finalmente me pregunte si es bueno lo que emprendimos al juntarnos y ser un colectivo en vez de la individualidad. Recientemente tendemos a esta última sin darnos cuenta de que dependemos del otro en todo momento, esa “individualidad” no es más que la aparente. No es la que en un principio deberíamos tener. Por eso mismo es que un ética de “morir por la alteridad” no aplica en nuestros días, no es útil y por lo tanto no nos sirve, esto no quiere decir, que esa ética no me llame la atención, de hecho es la que mas afín encuentro conmigo.

Quizás parezca que me inclino entonces, por el ideal de Heidegger de no molestar al otro mientras cada uno por su parte ven el ocaso en un monte apartado. La realidad es que eso es imposible, el otro entra en mí desde el momento de estar allí y el ocaso no es el mismo, la realidad no es la misma y mi percepción tampoco lo es. Más bien me inclinaría a pensar en el hecho mismo de que el otro debería ser una intervención cordial un intruso que, lo menos que puede o debería poder hacer es: ser lo menos incomodo posible para la alteridad circundante. Seriamos entonces como la cordialidad que damos y recibimos sin intervenir plenamente en la vida de otro pero sin estar alejados.

Sé que como todo ideal, este pensamiento sobrepasa lo que la realidad es. También me imagino el mundo siendo de esa manera en donde todos seamos cordiales y nadie intervenga de manera inesperada en la vida de los demás, sería quizás como un grupo de personas absortas en su propia vida, consientes de la de los demás y a la vez de interesados, alejados de los problemas de estos. Esa sociedad imaginaria podría llegar a ser igual de autodestructiva como la de ahora o la de cualquier momento de la historia ya sea real o ficticia. Pero estoy obligado a defender lo que pienso y a mis ideales pues no soy otra cosa que estos.

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