Hasta ahora no había hablado del
otro, quizás sea porque me resulta un tema muy difícil. Viendo siempre hacia el
pasado me encuentro con que soy un solitario al que no le gusta ser
interrumpido en su soledad, pero que aun así, necesita de esa interrupción para
poder vivir o más bien, seguir viviendo dentro de los parámetros establecidos. Una
reflexión más profunda me hizo darme cuenta de que los humanos son seres solitarios,
pero que, determinados por la cultura, que al final viene a ser la unión misma
con el otro, somos educados para estar juntos.
Esto es algo singular pues estoy
seguro de que la irrupción de alguien más en lo que es el “yo” personal es algo que irrita a todo el mundo, y esto se
debe principalmente porque en todo momento, por el mismo hecho de existir, el
otro siempre invade mi yo. Esta invasión es tolerable solamente porque muchos necesitan
de esta invasión para llenar el vacío que la sociedad nos ha inculcado a sentir
cuando estamos solos. Lo cierto es que nadie se libera de estar en contacto con
el otro, en ningún momento, de ninguna forma. La molestia principal llega
cuando el otro no busca lo que mi “yo” busca, es decir, sus intereses, su “yo”,
se interpone entre mi “yo” y lo que busco volviendo una lucha aquello que es
solo infinidad. Esta misma lucha se extiende a todos los ámbitos de la vida y
al final el aforismo “conócete a ti mismo” solo es aplicable cuando no hay
nadie más cerca, de que nos sirve conocernos nosotros mismo si, al final, siempre
existirá la otredad que nos interrumpa.
No hablo de juicios, no intentaría
meterme con algo tan complicado como eso, simplemente medito si es posible que,
aquel que no soy yo, pueda realmente ayudarme, es decir, sea un intruso beneficioso,
pues al final de todo aquel que no soy yo no tiene obligación alguna para con
mi “yo”. Y esto es lo que más me ha inquietado, aquel que no soy yo no tiene
ninguna obligación y es la misma sociedad que nos une la que propicia este
error, cuando el ideal sería lo contrario. Para Lévinas la alteridad nos llama
a responderle, pero como responder a una alteridad voraz que solo ve por sus
propios beneficios. La ética debería ser justicia pura para todos, una ética en
la que solo se dé sin recibir es una ética de la no supervivencia. Para mí, la
alteridad nos llama, pues hay en ella lo que nosotros queremos ver e intentamos
salvarla, es decir, salvar al otro para de esa manera salvarnos nosotros mismo,
nuestro propio “yo”.
Pero ninguna ética aplica de
manera perfecta, pues el otro siempre se escapa de su propia miseria al aceptar
la de los demás. Para mí, en todo caso, en toda vez y en todo momento los
problemas del humano nacen cuando otro humano existe. Por el otro hemos
aprendido a callar, a juzgar y a ser cautelosos. Esto hace que finalmente me pregunte
si es bueno lo que emprendimos al juntarnos y ser un colectivo en vez de la individualidad.
Recientemente tendemos a esta última sin darnos cuenta de que dependemos del
otro en todo momento, esa “individualidad” no es más que la aparente. No es la
que en un principio deberíamos tener. Por eso mismo es que un ética de “morir
por la alteridad” no aplica en nuestros días, no es útil y por lo tanto no nos
sirve, esto no quiere decir, que esa ética no me llame la atención, de hecho es
la que mas afín encuentro conmigo.
Quizás parezca que me inclino entonces,
por el ideal de Heidegger de no molestar al otro mientras cada uno por su parte
ven el ocaso en un monte apartado. La realidad es que eso es imposible, el otro
entra en mí desde el momento de estar allí y el ocaso no es el mismo, la
realidad no es la misma y mi percepción tampoco lo es. Más bien me inclinaría a
pensar en el hecho mismo de que el otro debería ser una intervención cordial un
intruso que, lo menos que puede o debería poder hacer es: ser lo menos incomodo
posible para la alteridad circundante. Seriamos entonces como la cordialidad
que damos y recibimos sin intervenir plenamente en la vida de otro pero sin
estar alejados.
Sé que como todo ideal, este
pensamiento sobrepasa lo que la realidad es. También me imagino el mundo siendo
de esa manera en donde todos seamos cordiales y nadie intervenga de manera inesperada
en la vida de los demás, sería quizás como un grupo de personas absortas en su
propia vida, consientes de la de los demás y a la vez de interesados, alejados
de los problemas de estos. Esa sociedad imaginaria podría llegar a ser igual de
autodestructiva como la de ahora o la de cualquier momento de la historia ya
sea real o ficticia. Pero estoy obligado a defender lo que pienso y a mis
ideales pues no soy otra cosa que estos.
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